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  He aquí algunas
historias acerca de la fe y las experiencias de la vida, que nos han enviado algunas de
las personas que han visitado este sitio. ¿Puede usted identificarse con alguna de ellas?
Y usted, que nos visita ahora, ¡anímese
y cuéntenos su historia de fe!
Bueno, yo crecí en una familia cristiana,
pero durante los últimos 14 años de mi vida nunca había sentido realmente que Dios me
amaba. Ciertamente, ya me habían dicho que me amaba, pero nunca había tenido
personalmente una prueba de ello. De cualquier manera, un amigo me invitó en el verano a
un campamento bíblico cristiano, y entonces me convertí en una verdadera cristiana.
Desde entonces Dios ha estado obrando en mi vida, y todo lo que hago parece hecho siempre
para sentirme cómoda. Si el Señor está de tu lado, ¿quién puede estar en tu
contra?"
Victoria
El 12 de octubre, mi esposa Lila asistió a
una reunión de damas en la iglesia, de modo que yo decidí llevar el tractor al bosque,
al sitio donde los leñadores han estado trabajando y han dejado un verdadero desorden.
Había un tronco atravesado en mi camino que no me preocupó, ya que yo estaba parado
fuera de mi asiento mirando por dónde avanzar.
Desafortunadamente no pude golpear el tronco en forma
perpendicular, y ello me arrojó fuera del tractor. Las cuatro ruedas seguían avanzando
como se supone que deben hacerlo: inexorablemente hacia adelante, de modo que me levanté
del suelo y empecé a correr a un costado del tractor. El interruptor de encendido me
quedaba del otro lado, fuera de mi alcance, de modo que mi única posibilidad consistía
en alcanzar el pedal del clutch y desembragar la máquina, para hacerla detenerse. Logré
agarrar el volante de la dirección y, sujetándolo con fuerza, torcí la dirección hacia
donde se encontraba un árbol.
La siguiente cosa que recuerdo es que estaba yo atrapado debajo
del tractor, con la enorme rueda a mi derecha, girando en el lodo, pero ya sin avanzar,
gracias al árbol que lo detuvo. A mi izquierda había un tronco, de modo que por ese lado
no me pude mover. Más allá de él, la rueda frontal del tractor continuaba girando. ¿Y
les mencioné ya que mi pie se encontraba encajado debajo del otro lado del tractor?
Problema: En tales circunstancias, ¿cómo apagar aquella máquina? Busqué con la mirada
para ver si por casualidad había algún alambre cerca, que pudiera yo jalar busque
debajo de esta malvada máquina diesel; en realidad, es un estupendo tractor diesel, y no;
no había ningún alambre por ahí.
Durante todo este tiempo dedicado a la contemplación de mi
siguiente movimiento... las 4 ruedas de la máquina seguían girando sin cesar. Gracias,
Ángel de mi Guarda, por aquel árbol. Después de algún tiempo, la llanta delantera
izquierda empezó a echar humo. Si se llegaba a incendiar con medio tanque de combustible
diesel justo encima de ella, era algo en lo que no quería ni pensar. La lógica me
decía: si tan sólo pudiera alcanzar el pedal del clutch y empujarlo, ¡las ruedas
se detendrían, porque ya no estará metida la velocidad! Así que me esforcé por
llegar hasta el pedal, pero tras intentarlo una y otra vez, ¡mis dedos no pudieron
alcanzarlo!
Finalmente me acosté boca abajo y recé: Señor: no puedo
hacer esto por mí mismo... ¡Necesito tu ayuda! Y tal como aquel hombre, ciego de
nacimiento, que cuando le preguntaron en qué forma lo había sanado Jesús, contestó
¡lo único que sé es que yo era ciego, y ahora puedo ver! ¿Por qué,
pregunto, si durante todo ese tiempo no había podido ni siquiera tocar el pedal del
clutch con la yema de los dedos, de pronto pude agarrar la palanca y empujarla,
alejándola de mí, y soltar las ruedas? Agradecí a Dios en cuanto pude alejar de mí el
pedal del clutch y tan pronto las ruedas dejaron de girar.
Ustedes saben cuán misericordioso es nuestro Señor: ¡lo que le
pedimos, nos lo concede! Yo le había pedido ayuda para detener las ruedas, y ahora,
¿qué? Si hubiera quitado la mano del pedal y mi brazo empezaba a cansarse
las ruedas empezarían de nuevo a girar. Por desgracia, cada vez que me estiraba para
empujar el clutch, mi cadera rozaba contra la rueda trasera, que no dejaba de girar, de
modo que supe que de alguna manera tenía que alcanzar la palanca de las velocidades. No
había ni esperanza de que al tractor se le acabara el combustible y no había nadie por
los alrededores, que pudiera oírme gritar.
Una vez más, el Señor vino en mi ayuda. Sentí que si pudiera
alcanzar el volante tendría suficiente fuerza como para sacar del zapato mi pie derecho,
que seguía atrapado en algún punto debajo del tractor. Sólo que, al igual que con la
palanca de velocidades... no alcanzaba el volante. Lo intenté una y otra, y otra vez...
Por segunda vez me acosté boca abajo, fuera del rango de alcance de la rueda trasera por
una distancia de apenas dos o tres centímetros, y medité acerca de mi siguiente
movimiento. Sin forcejear por liberar mi cadera de la rueda trasera en movimiento, me
enfrenté a una batalla entre optar por la paz y dejar de luchar, o
luchar por mi vida, y sentí que definitivamente valía la pena seguir. La
llanta delantera, envuelta en humo, probablemente me ayudó a tomar esa decisión.
Adicionalmente a todas las oraciones generales que había ya
pronunciado, en ese momento mi plegaria fue exactamente la misma que la primera vez:
Señor: no puedo hacer esto por mí mismo... ¡Necesito tu ayuda! Tal vez los
escépticos no podrán creerlo, pero en ese momento no sólo pude tocar con las yemas la
rueda del volante, sino que lo agarré con toda la mano y me impulsé hacia arriba lo
suficiente como para sacar el pie que estaba atrapado en el zapato. Luego vino un nuevo
esfuerzo, para jalar el pie y toda la pierna (incluida mi nueva rodilla) por encima de la
transmisión. No era una hazaña desdeñable para un hombre viejo como yo. La tarea
entonces consistió en estirar y empujar hacia atrás el clutch, mientras con el pie
trataba de poner en neutral la palanca de velocidades. Desafortunadamente, para poder
hacerlo, tenía que rozar con la cadera la rueda que giraba. Por alguna razón no podía
lograr, tras intentarlo una y otra vez, deslizar la palanca hasta la posición neutral, y
cada nuevo intento me dolía más que el anterior. Y cada vez que lo intentaba,
significaba que mi cadera se quemaba más y más, por el roce contra la rueda trasera.
Después de otro lapso que dediqué a la reflexión y a la
oración, me di cuenta de que mi pie derecho ya no traía zapato, y de que mi pierna
derecha se encontraba de alguna manera trabajando entre el asiento del tractor y la
columna de la dirección, de modo que posiblemente lograría alcanzar el switch de
encendido del motor, ubicado del otro lado del tractor, detrás del tablero de
instrumentos. Seguí el mismo procedimiento que ya había usado: primero un intento, y
después una oración ¡espero algún día aprender que este procedimiento debe ser
a la inversa!. Por fin, de alguna manera el dedo gordo de mi pie derecho logró atrapar el
switch, y pude entonces detener el tractor. Me dejé caer ahí mismo, y elevé mis
oraciones al Señor. Me llevó algún tiempo sacar mi pie izquierdo del zapato, pero ya
sin la amenaza de las ruedas girando no tuve más problemas.
Después me regresé descalzo hasta mi casa. Escribo todo esto
sólo para que sepan, como seguramente ya lo saben, que Jesús lo único que necesita es
una invitación para entrar en nuestras vidas. ¡No intenten sobrepasar mi grito de ayuda!
¡Pase lo que pase, si lo necesitamos, Jesús estará siempre ahí!
Con amor, Dale
Padezco una enfermedad mental. Su aspecto
depresivo comenzó cuando tenía 8 años, y la etapa de manía, a los 15. Durante la mayor
parte de mi vida he oscilado entre estar feliz, irritable y triste. Mi vida de adulta es
una larga lista de logros, pero también de fracasos morales. Durante los últimos 26
años hasta este fin de semana me he culpado a mí misma por las
circunstancias que rodearon a mi primer divorcio.
Sucede que este fin de semana Jesús, por fin, me hizo entender
que me juzgaba a mí misma, cada vez que intentaba perdonarme. Me había yo hecho,
incluso, superior a Él. Entonces pedí y acepté la ayuda de Dios, y pude darme cuenta de
que soy ahora un nuevo ser, limpio y hermoso.
Tras haber leído las Escrituras pude entender que Dios quiere
llenarme con los frutos del amor: bienaventuranza, paz, bondad, paciencia, generosidad,
fidelidad, dulzura y autocontrol. Él quiere guiar mi vida con el Espíritu de la verdad.
Yo le doy gracias, y elevo mis alabanzas a Jesús, mi Señor y Redentor. Él es la luz, la
verdad y el camino. Me siento tan feliz desde aquella tarde en la que yo estaba deprimida
y llorando a gritos mis resentimientos contra alguien que recientemente me había
lastimado.
Pude darme cuenta que lo que yo necesitaba hacer era dejar todo
eso y mirar hacia el Espíritu, en busca de guía. Esa guía me trajo hasta aquí; me hizo
llamar a mi sicóloga, que casualmente es también la esposa de un pastor, y también se
ocupa de quehaceres domésticos como lavar platos.
Espero que mi mensaje llegue hasta otros, allá afuera; hasta
personas que se encuentran, como yo, luchando contra el dolor y el sufrimiento de la
enfermedad. Que Dios los bendiga, y buenas noches.
Vivienne
Mi esposo ha estado desempleado durante
cerca de año y medio. Antes de esto, había venido devengando un buen salario, suficiente
para mantener a la familia, pero los empleos que ha adquirido desde que empezó esta
temporada de desempleo lo han hecho batallar para pagar la hipoteca de la casa y las
cuentas mensuales por pagar.
Dios nos ha bendecido, haciendo que hayamos podido sortear todo
esto, hasta ahora. Cada vez que me entraba el desaliento, me ponía a pedir a Dios que le
concediera a mi familia una fe fortalecida, fuerza, valor y paciencia, hasta que se hacía
Su voluntad.
Siempre he sido una persona fuerte, pero antes no buscaba a Dios
para implorar su guía, y siento que ahora nuestra fe está siendo puesta a prueba. Sé
que las oraciones hacen que Dios responda eventualmente a nuestros ruegos, ya que nos ha
bendecido, dándonos lo que necesitamos, como lo ha hecho hasta ahora. Yo aconsejo a todos
aquellos que no lo conozcan, que lo busquen, para hacer que sus vidas de verdad sean
satisfechas.
Que Dios bendiga y proteja a todos los que lean este testimonio.
Gail
Yo siempre fui educada en un hogar
cristiano, en el que desde niña asistía a la escuela dominical y luego a la iglesia, con
mis padres. Como la mayoría de los adolescentes, no gratificar a Dios era estar en
la onda y durante un tiempo me dejé arrastrar por ello; sin embargo, cuando crecí
me reintegré a la iglesia y he desarrollado una relación más significativa con el
Señor.
Hasta hace muy poco, había venido manejando durante una hora
para ir y otra para regresar del trabajo, lo cual se había convertido para mí en una
faena que tenía que ejecutar... ¡Cómo odiaba tener que hacerlo! Una noche, venía
manejando de regreso a casa y me dije: de acuerdo, Señor, ¿qué es lo que quieres
que haga con mi vida?
Tres días después recibí una llamada de la supervisora de un
laboratorio ubicado a 15 kilómetros de mi hogar, en la cual me preguntaba si me
interesaría ocupar un empleo de encargada de laboratorio y flebotomista; y aun cuando no
tenía yo ninguna experiencia en flebotomía, ella me dijo que esa materia estaría
incluida en la capacitación para ese empleo. Acudí a la entrevista, y ese mismo día me
contrataron. ¡He asisitido a este nuevo empleo durante cerca de un mes y sencillamente lo
adoro!
Patti
Martín, el amigo de mi hija, juega
baloncesto en el equipo de su preparatoria; cumple con un trabajo los fines de semana, y
tiene esperanzas de llegar a la universidad e ir más lejos. El muchacho parece callado;
más bien tímido, hasta que, al conocerlo mejor, lo escucha uno empezar a hablar de su fe
en nuestro Señor.
Pese a su juventud e inexperiencia, Martín es incondicional de
Dios. Estoy segura de que eso no ha sido fácil para él, porque este joven vive en el
conjunto habitacional Cabrini-Garden, de Chicago, donde la violencia entre las pandillas y
las guerras por drogas son el modo habitual de vida. Pero él está armado con el valor de
sus convicciones y con el amor de Cristo, que lo ampara y lo protege. Martín ha cambiado
mi vida.
Al principio yo era aprensiva. Yo compartía el temor con mucha
gente, de que dichos desarrollos habitacionales eran sitios peligrosos. Y aunque sabía
que en esos sitios también vivían gentes buenas y honestas, no estaba aún preparada
como para ver a mi hija involucrada de manera tan personal con alguien de ahí. El día de
hoy veo a Dios reflejado en sus rostros, y me arrepiento de haber dudado.
Hoy estoy orgullosa de que mi hija tenga un sentido de justicia y
de igualdad social tan vigorosos. A pesar de que sé que ella ha estado bien arraigada a
nuestra casa y nuestra congregación, ella persiste en desafiarme. Me recuerda que si yo
insisto en hablar y hablar, mejor haría en alejarme y darme por vencida, y en aprender a
nombrar por su nombre y enfrentar mis propios prejuicios cada vez que afloran.
Que Dios bendiga a nuestra juventud; a los jóvenes buenos y los
saludables; a aquellos que permanecen en riesgo; a los que se encuentran ante encrucijadas
de fe. Si estamos ahí para alentarlos, necesitamos estar con ellos y para ellos, y
estableciendo una importante diferencia en sus vidas. Porque ellos la establecen en las
nuestras.
Donna |